Blog de Carlos González Shanel Comentarios y análisis sobre temas de actualidad internacional

Václav Klaus ante el Parlamento Europeo

A raíz del reciente discurso pronunciado por el presidente checo, Václav Klaus, ante el Parlamento Europeo (19.02) muchos se preguntan cómo mirará Bruselas a la República Checa, así como de qué manera repercutirá en la actitud de la “Vieja Europa” hacia los países de la órbita post soviética que hoy son miembros de la UE. Klaus no escatimó en críticas a la Unión Europea y sus estructuras, lo que ha caído mal tanto a nivel de la UE, como entre círculos críticos del mandatario en su propio país. Praga probablemente tendrá que esforzarse ahora por rectificar la imagen país dejada por su presidente. Pero resumamos en breve lo que ocurrió la semana pasada en la sede del Legislativo europeo.

El presidente checo dijo que el Parlamento Europeo es un espacio de decisiones inadecuado para los asuntos de los ciudadanos; negó la existencia de un pueblo europeo y afirmó que la República Checa es miembro de la UE porque no le queda más remedio. Además, criticó la moneda única y advirtió que el proceso de integración europea pondría en peligro todo lo positivo que Europa ha conseguido hasta ahora. Su opinión más polémica fue la que comparaba la Unión Europea con los regímenes comunistas, al considerar que no se admite disensión con los principios europeístas. En reiteradas ocasiones Klaus ha tratado de hacer una analogía entre la Unión Europea y la desaparecida Unión Soviética.

A partir de ahí, podemos sacar varias deducciones. En primer lugar, los checos hasta ahora tendían a pensar que la comunidad internacional, principalmente la UE, no toma en serio a Klaus, ya que “ni siquiera ellos lo hacen”. Pero no es así. Europa pone mucha atención a sus pronunciamientos, no sólo por tratarse del mandatario del país que preside actualmente el Consejo de Europa, sino porque representa la cultura política, el pensamiento y los intereses de todo un bloque, es decir, aquellos países del Este que ingresaron a la UE en 2004. Por eso, los analistas son de la idea de que las palabras de Klaus provocarán que muchos se repregunten si la ampliación fue realmente una buena idea. También si los países de la órbita post soviética han madurado lo suficiente como para asumir compromisos tan complejos como los que enfrenta Europa.

No es verdad que Klaus es inofensivo, como piensan muchos en Praga, y su actuación en Bruselas marcará un quiebre ante la percepción de más de un político checo. Ello independiente de que Klaus se halle relativamente aislado en el contexto europeo, ya que prácticamente ninguna instancia oficial se atreve a extenderle una invitación. En un momento tan complejo como el que atraviesa Europa, hallándose a las puertas de una gran crisis económica, la unidad representa un importante respaldo para el conglomerado. Sin embargo, Klaus rema en dirección contraria poniendo en duda precisamente la unidad de Europa. Por eso en muchos círculos europeos Klaus es visto como una amenaza y de acuerdo a ello los países de la Vieja Europa pueden empezar a tratar a Praga, y en definitiva a todos los países poscomunistas que ingresaron a la UE en 2004.

Los principales expertos en temas europeos coinciden en que Klaus ha cometido un error político serio, ya que “el jefe de Estado del país que preside la UE no puede comportarse de la manera que lo ha hecho él”. No puede permitirse atacar a quienes le dieron forma a lo que hoy es la Europa democrática, especialmente cuando su país, la entonces Checoslovaquia, representaba una amenaza para la estabilidad del continente. Resulta que Klaus compara a los políticos europeístas con los jerarcas comunistas de la era soviética, cuando la cosa es al revés: Son ellos quienes debieron confiar que checos y eslovacos construirían democracias y superarían la mentalidad “bolchevique” antes de aceptarlos en ese exclusivo club llamado Unión Europea.

Por otro lado, a raíz del reciente comportamiento de Klaus podemos deducir que queda descartada la posibilidad de que Praga organice y sea sede de la próxima cumbre Unión Europea – Estados Unidos, tal como se prevé. Eso significaría exponer tanto a Washington como a Bruselas a la eventualidad de que Klaus le haga un desaire al presidente Barack Obama. Por ejemplo, en lo que tiene que ver con el cambio climático: Klaus es conocido por poner en duda el calentamiento global; Puede criticar también las soluciones que se plantean a la crisis económica, o simplemente condenar a Estados Unidos por su abierto apoyo al Tratado de Lisboa. Los analistas coinciden en que Praga no puede permitir que Klaus (que se pronuncia en términos cada vez más extremistas) coloque al país en una situación así.

Es cierto que en algunos sectores de la República Checa se registran sentimientos antieuropeos cada vez más fuertes, lo cual abraza a un sector importante de la bancada del conservador Partido Cívico Democrático (ODS), entre ellos al propio Klaus. Sin embargo, no representa el grueso de la sociedad checa. Ni de los políticos checos. Una importante mayoría condena los valores políticos de Klaus y los ánimos antioccidentales que expuso ante los eurodiputados. Por eso es de esperar que Praga dedique gran atención a mostrar al resto de Europa que Klaus habla por sí mismo, emite opiniones personales, y no lo hace a título de toda una nación. Dependerá ahora de lo que hagan los políticos checos, por cierto sumamente ocupados con tareas relacionadas con la presidencia (algo que Klaus sabe muy bien y lo aprovecha). Probablemente tratarán de rectificar su imagen, ratificarán rápidamente los compromisos pendientes adquiridos con la UE, y mostrarán un inusual interés en participar de forma activa en el proceso de integración de Europa y su fortalecimiento en el contexto mundial.

En ese sentido se enmarca el debate sobre si Klaus puede rechazar el Tratado de Lisboa, a pesar de que sea aprobado por el Legislativo checo. Según la Constitución, la ratificación de tratados internacionales es tarea del presidente. Pero en una república parlamentaria como la República Checa, donde existe una clara división de poderes, si determinadas actividades son encomendadas por el presidente al Poder Legislativo o al Judicial, estos órganos están en la obligación de Ejecutarlas y nadie tiene la potestad de adjudicarse esas competencias. Desde esa perspectiva, Klaus no puede rechazar el Tratado de Lisboa. Pero un tratado internacional es un instrumento de política exterior, donde no decide únicamente el aspecto legal. No es posible ratificar un acuerdo internacional que sea anticonstitucional, y puede ser rechazado un acuerdo si ese no responde a los intereses de una nación. Y lo que responde a los intereses del Estado lo define aquel organismo que toma las decisiones.

El derecho a determinar y ratificar un tratado le corresponde al presidente, aunque con la autorización del presidente algunos acuerdos pueden ser elaborados por el Ejecutivo. Václav Klaus ha anulado el protocolo sobre la Carta Social Europea, a pesar de que el Parlamento lo había aprobado en 2003, así como el estatuto de la Corte Penal Internacional, a pesar de que tres quintas partes del parlamento se pronunció a favor. (Estos documentos habían sido negociados con la autorización del entonces presidente Václav Havel). El Tratado de Lisboa fue tratado y firmado por el primer ministro a nombre de Klaus y con su autorización.

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