El nerviosismo en los círculos diplomáticos checos aumenta a medida que se acerca la fecha en que el Parlamento deberá aprobar o rechazar la instalación en el país de una estación de radar incorporada al sistema de defensa antimisil estadounidense. Actualmente nadie es capaz de pronosticar cuál será el resultado y todo indica que el proyecto será sometido a una apretada votación, donde los partidos de la coalición gubernamental (conservadores, democristianos y verdes) se pronunciarán a favor y la oposición (socialdemócratas y comunistas) dirá que no. El problema es que ambas agrupaciones disponen de 100 diputados en un Legislativo de 200 escaños, lo que impide una toma de decisión por mayoría de votos. En ese caso, todo quedaría en manos de legisladores tránsfugas. El gobierno sin duda enfrenta una situación nada sencilla. La opinión pública checa está en contra de la incorporación del país al proyecto estadounidense y las campañas de los detractores han sido lo suficientemente masivas y exitosas como para pasar desapercibidas por los medios de comunicación. Por su parte, las campañas a favor de la construcción del radar son prácticamente imperceptibles y, según coinciden los expertos, el Ministerio de Defensa no aparece como un actor visible en la toma de decisiones debido a la incapacidad de la titular de esa cartera, Vlasta Parkanová, de explicarle a la población las razones por las cuales se habla de la existencia de una potencial amenaza a la seguridad nacional y de Europa.
Lo mejor que podría pasarle al Gobierno sería que la OTAN declare públicamente que avala la construcción de bases incorporadas al sistema de defensa antimisil en Europa Central. Ello acabaría con los principales argumentos de la oposición, especialmente de los socialdemócratas, que opinan que la República Checa quedaría expuesta a una potencial agresión de Rusia. Por esa razón la semana pasada el conservador primer ministro checo, Mirek Topolánek, declaró conjuntamente con el director de la Agencia de Defensa Antimisiles, Henry Obering, que el proyecto ser concebido en el marco de la OTAN, porque representa una importante garantía de seguridad.
Con todo y los enormes esfuerzos desplegados por el gobierno checo para involucrar a la Alianza Atlántica, conseguirlo será una tarea ardua. Basta con observar la posición de Francia. En reiteradas ocasiones París ha expresado a Praga que apoya enormemente su adhesión al proyecto estadounidense, sólo que al mismo tiempo le pide que sea establecido en el marco de un acuerdo bilateral con Estados Unidos. Las razones son varias, pero en primer lugar porque Francia no quiere destinar fondos a la construcción e bases que estarían fuera de su territorio y arriesgarse a las protestas de la opinión pública. Alemania mantiene una actitud semejante. Públicamente Berlín ha reconocido que no puede estar completamente a favor porque considera a Rusia un importante socio estratégico y este tiene serios reparos al respecto, además, la escena política alemana tampoco se muestra muy entusiasta.
En abril se celebrará en Bucarest, Rumania, la cumbre de la OTAN, donde Topolánek querrá presentar oficialmente la propuesta de adherir la estación de radar a las estructuras atlánticas con la idea de obtener apoyo popular y evitar que el proyecto quede bloqueado en el Parlamento por falta de consenso. Los propios diplomáticos checos reconocen que el hecho de que la OTAN acepte, al menos, tomar en consideración la propuesta, representaría una gran victoria para Praga. Y probablemente así sea. Los observadores son de la idea de que la OTAN no rechazará del todo la idea. Por una simple razón. Si no se instala la estación de radar en la República Checa, se instalará con toda probabilidad en Polonia, con lo que la Alianza perdería poder de influencia sobre todo el proyecto ya que a Varsovia le interesa mantener buenas relaciones con Washington y la postura de otros países pareciera no angustiarle demasiado.
En torno a la efectividad y el funcionamiento del escudo de defensa antimisil hay muchas dudas, así como también existen opiniones encontradas acerca del lugar preciso donde debería ser colocado el radar. Pero en la República Checa casi no se ha debatido constructivamente sobre el tema. El principal problema radica en que la oposición, especialmente los socialdemócratas, se muestran sumamente intolerantes con respecto a este tema; no ofrece alternativas o condiciones bajo las cuales podría estar a favor, simplemente rechaza la idea de que el país se adhiera al proyecto. Al mismo tiempo ve en los detractores a un enorme grupo de potenciales electores.
Resulta interesante, sin embargo, que según recientes sondeos realizados por la compañía Factum Invenio para el Ministerio de Relaciones Exteriores, solo un 17% de los ciudadanos decidiría a quién entregar su voto de acuerdo a si está o no a favor del radar. Según el mismo estudio, el 62% de las personas exige que el país esté protegido contra una eventual agresión bélica, lo que da pie a algunos diplomáticos para pensar que la estación sí encontrará cabida en este país. Pero sobre cómo quiere hacer la oposición, y especialmente la socialdemocracia, para satisfacer a este 62%, nadie sabe. No se sabe siquiera si disponen de un plan B en materia de Defensa. Pero uno de los argumentos más sólidos que manejan es el siguiente: Si todo el proyecto se construye en Polonia, la República Checa quedaría automáticamente protegida debido a la proximidad geográfica de las bases. Según los expertos, se trata de un argumento difícil de rebatir, porque además de ser técnicamente cierto, resulta convincente el hecho de que e esa manera Praga se evitaría mayores conflictos con Rusia.






